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Carisma y visión teresiana del hombre

La reforma de Teresa: un camino de formación para reaprender a vivir la vocación carmelitana

El modo carmelitano de ser humano y cristiano

Ser carmelita descalzo es un modo concreto de vivir la condición humana y la identidad cristiana. El carisma teresiano contiene una antropología, una visión particular de lo que significa ser hombre o mujer, que no es diversa de la que propone el Evangelio, visto desde una perspectiva concreta. Estamos convencidos de que la visión teresiana de la persona demuestra su particular actualidad ante la búsqueda de sentido y de felicidad de la humanidad de hoy.

La verdadera dignidad humana

En nuestro contexto cultural, es iluminadora la propuesta antropológica de Teresa de Jesús, que parte de su experiencia personal de la dignidad extraordinaria de la persona humana: “No hallo yo cosa con que comparar la gran hermosura de un alma y la gran capacidad” (1M 1,1). La dignidad humana no depende ni de la belleza física ni del prestigio social, fundado en la riqueza, el poder o el origen aristocrático; todo esto forma parte de la “negra honra”, uno de los ídolos del tiempo de santa Teresa, al cual ella se niega a rendir pleitesía. La incomparable grandeza de la persona humana deriva del hecho de haber sido creada por Dios y elegida por él como su morada.

La interioridad habitada

La intuición de Teresa de Jesús, que constituye la base del carisma teresiano, es que la respuesta a los deseos y a las necesidades más profundas del corazón humano se halla dentro de nosotros mismos, en el “castillo interior” del alma, en nuestra interioridad, que está habitada por el mismo Dios Trino. Bajo este aspecto es grande la sintonía con la Sagrada Escritura, que proclama: “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?” (1Cor 3,16); y también: “El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23).

Entrar en sí mismo

Desgraciadamente, es posible, e incluso frecuente, pasar la vida fuera de nosotros mismos, en la exterioridad, en la apariencia y en la superficialidad: “Hay muchas almas que se están en la ronda del castillo (…), y que no se les da nada de entrar dentro ni saben qué hay en aquel tan precioso lugar ni quién está dentro ni aun qué piezas tiene” (1M 1,5).

Es necesario volver hacia nosotros mismos para descubrir las riquezas que tenemos dentro; la primera de todas, el huésped que nos habita, la alteridad de la cual procedemos y hacia la cual nos dirigimos. Volver hacia nosotros mismos significa aprender a escuchar el diálogo interior que se desarrolla en nosotros, la relación fundamental sobre la cual nuestro ser se funda. Mirándonos en él es posible entrar sin miedo en nosotros mismos y afrontar las oscuridades, las heridas y los conflictos que forman parte de nuestra identidad. “Pues pensar que hemos de entrar en el cielo y no entrar en nosotros, conociéndonos y considerando nuestra miseria y lo que debemos a Dios y pidiéndole muchas veces misericordia, es desatino” (2M 11).

Vivir y testimoniar al hombre nuevo

Los carmelitas descalzos tenemos la responsabilidad y la obligación de mostrar a la humanidad este tesoro que nos ha sido transmitido y que hemos acogido. Sin embargo, para ser capaces de ello, es necesario que primero nosotros mismos hagamos una experiencia profunda de nuestra interioridad y de la unión con Dios, que nos transforma a imagen de Cristo, el hombre nuevo (cfr. 2Cor 3,18). Una experiencia auténtica del Dios presente en nosotros nos impulsa a reconocer la presencia de su Espíritu en las situaciones del mundo y nos llama a salir de nosotros mismos para reconocer los signos de Dios en la historia.

Vivir en relación

Así pues, ¿qué debemos reaprender en la escuela de Teresa de Jesús, de Juan de la Cruz y de los demás maestros del Carmelo? En una palabra, se podría decir: debemos aprender a “estar en relación”, relación con Dios, con nosotros mismos, con el otro, con la Iglesia, con el mundo. La relación, en efecto, es el eslabón más débil de nuestro modo de vivir hoy. La cultura que nos rodea y el estilo de vida que esta produce tienden a centrarse en el yo y a excluir la relación, en cuanto elemento potencialmente desestabilizador, portador de novedades imprevistas, no controlable ni integrable en un sistema. En efecto, es precisamente en la relación donde se sitúa el ineludible misterio de la persona humana.
 
La iniciativa divina

El elemento central de la experiencia teresiana es la relación con Dios. Se trata, ante todo, de una relación que Dios decide establecer con cada uno de nosotros, haciéndonos partícipes de la vida y las relaciones trinitarias. Para Teresa y Juan, el primer y decisivo paso en el proceso de las relaciones con Dios es “caer en la cuenta” (Cántico B 1,1; cfr. también CV 6,3) de quién es el Dios revelado, de su presencia y de su obrar en nosotros. No se trata de un “saber” de tipo intelectual, sino de un conocimiento por experiencia que cambia nuestro modo de estar en el mundo.

El Dios revelado en Jesucristo

Esta realidad tan alta y sublime se hace cercana a nosotros, se vuelve experimentable en la persona de Jesucristo, el Dios-Hijo hecho hombre. Él es, en su humanidad, el camino que nos conduce al conocimiento del Padre (cfr. Jn 14,6). El Carmelo Teresiano existe como respuesta al descubrimiento de Cristo que es camino hacia la verdad, la belleza y la bondad del misterio de comunión entre Dios y el hombre y reflejo de la comunión trinitaria. Teresa no habla solo de un dato de fe, sino de lo que ha oído, visto y contemplado (cfr. 1Jn 1,1), de una experiencia que la ha cambiado radicalmente convirtiéndose en centro de su existencia y luz que la orienta en el camino. La fuerza que atrae a Teresa y la fascina es la del amor de Dios revelado en Jesucristo: “Me ha amado y se ha entregado por mí” (Ga 2,20). Teresa se siente literalmente conquistada por el “por mí” inscrito en todo el ser y el obrar de Jesucristo. De él le “vinieron todos los bienes” (V 22,4), y por ello su crecimiento humano y espiritual podrá desarrollarse solo come una profundización de la relación con él, como un adentrarse en la “espesura” de su verdad, que se va desplegando como verdad de Dios en su vida trinitaria, come verdad de la Iglesia necesitada de reforma, como verdad del mundo que espera la salvación.

“In obsequio Iesu Christi”

La Regla carmelitana recuerda que la finalidad de toda forma de vida religiosa es “in obsequio Iesu Christi vivere”, vivir en obsequio de Jesucristo. La fórmula tiene sus raíces en un texto paulino en el cual el apóstol expresa su deseo y sus fatigas para conducir a todos los hombres “a la obediencia de Cristo” (2Cor 10,5), es decir, a la relación de obediencia creyente con Cristo. El término usado por Pablo indica una actitud de escucha dócil, que se convierte en disponibilidad total hacia quien nos ofrece la salvación y el amor de Dios. Obsequium es sumisión gozosa a Cristo por la fe. El mismo Pablo vive la relación con Cristo como comunión plena con él: “Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí” (Ga 2,20). Se trata, en realidad, de una invitación y una llamada dirigidas a todos los cristianos: “Fiel es Dios, el cual os llamó a la comunión con su Hijo, Jesucristo nuestro Señor” (1Cor 1,9).

La relación de intimidad con Dios

Teresa de Jesús, partiendo de su historia de vida carmelitana y, más aún, de la propia experiencia íntima y esponsal con Cristo, traduce el “obsequium Iesu Christi” por amistad con el Amado. La espiritualidad teresiana tiene en su centro la amistad. Dios es aquel que habita en el castillo interior de la persona humana, y desde ahí, desde el interior, hace oír su voz, ofrece su amor y espera una respuesta de amor. El carisma teresiano consiste esencialmente en una profunda experiencia de relación, que tiene al mismo tiempo las características de la amistad y del amor. Es una experiencia de amistad, que aspira a ser perfecta en la confianza y la reciprocidad: “Es muy gran cosa traer siempre la conciencia tan limpia que ninguna cosa os estorbe a pedir a nuestro Señor la perfecta amistad que pide la Esposa” (Conceptos del amor de Dios 2,21); y es una experiencia de amor, que puede ser definido como esponsal, porque conduce al alma hacia la íntima unión con Dios, a través de un camino progresivo de purificación y de recogimiento: “Serás mi esposa desde hoy. Hasta ahora no lo habías merecido; de aquí adelante, no solo como Criador y como Rey y tu Dios mirarás mi honra, sino como verdadera esposa mía: mi honra es ya tuya y la tuya mía” (Rel 35); “Quizá es esto lo que dice san Pablo: El que se arrima y allega a Dios, hácese un espíritu con él, tocando este soberano matrimonio, que presupone haberse llegado Su Majestad al alma por unión” (7M 2,5).