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Unidad y diversidad de la Orden

La Orden ha llegado a ser verdaderamente universal, y ha desarrollado modos nuevos de vivir el carisma

Una pluralidad creativa y armoniosa

En tiempos recientes, la Orden ha llegado a ser verdaderamente universal, y se han desarrollado modos nuevos y diversos de vivir el carisma, que, poco a poco, se va inculturando y adaptando a la variedad de los lugares y de los pueblos. Se toman opciones variadas respecto a las relaciones comunitarias, los compromisos apostólicos y el estilo de oración. Se manifiesta así que el carisma no es una realidad estática y uniforme, y se expresa la belleza de la policromía. Sin embargo, no cualquier diversidad es positiva y enriquecedora, lo es solo cuando resulta armoniosa y coherente, cuando está bien unida al conjunto, porque una pieza separada del mosaico no tiene sentido. Una de las necesidades del momento presente es hacer que la pluralidad dentro de la Orden sea vivida con “un corazón solo y un alma sola” (Hech 4,32).

Carisma e inculturación

El evangelio solo puede ser vivido de modo inculturado, es decir, encarnándolo en un determinado ambiente sociocultural. Lo mismo se puede decir de la forma concreta de vida cristiana que es el Carmelo Teresiano. En las distintas regiones del mundo, nuestro carisma entra en contacto con las culturas de la humanidad. Carisma y cultura se encuentran en un diálogo llamado a convertirse en fecundo y enriquecedor para ambos. Siempre será necesario un discernimiento crítico para decidir qué elementos de las tradiciones de los diversos pueblos son compatibles con la vida y la identidad del Carmelo Teresiano.
 
La expansión de la Orden

La condición primera y fundamental para implantar la vida carmelitana en una nueva región es poseer un verdadero dominio del carisma, obtenido no solo por vía teórica y conceptual, sino, sobre todo, por asimilación personal y por experiencia vivida. Solo partiendo de un profundo conocimiento del ideal carmelitano- teresiano y de una identificación personal con él se puede transmitir de modo eficaz. Para la expansión de la Orden, por tanto, es necesario apuntar más bien a la calidad de la vida carismática de los misioneros y su testimonio atrayente que a la realización de obras externas, por muy útiles al desarrollo social y humano que sean. Incluso respecto a la acogida de posibles vocaciones es necesario abandonar la preocupación por el crecimiento numérico y asegurarse, en primer lugar, de la aptitud de los candidatos para nuestra forma de vida y de nuestra capacidad para ofrecerles un buen discernimiento y acompañamiento en el proceso de formación.

El discernimiento sobre la inculturación

Un criterio fundamental para una adecuada inculturación es la comunión con la Orden. La adopción, en una región particular, de nuevos estilos de vida o de prácticas comunitarias, litúrgicas, pastorales, etc., debe ser decidida a partir de la comunión con la Orden, los valores del carisma y la comprensión objetiva de la situación cultural de la región, a través de un diálogo previo y un discernimiento compartido con los otros miembros de la familia carmelitana.
 
Una Orden formada por provincias

Los religiosos de la Orden viven en comunidad. Las comunidades están normalmente agrupadas en una provincia. Según la tradición desde los inicios, una provincia está constituida por un número de comunidades y de religiosos suficiente para garantizar su autonomía en el ámbito del gobierno, de la formación y de la administración económica. A cada provincia le corresponde un territorio delimitado, con la finalidad de favorecer la relación de conocimiento, fraternidad y colaboración entre los religiosos que la constituyen y, por tanto, el sentido de familia, como también para facilitar su organización interna. Otros tipos de circunscripciones menores son posibles, pero normalmente por situaciones excepcionales o provisionales.

Las provincias en tiempos de cambio

En períodos de cambios veloces como es el nuestro, también la Orden experimenta situaciones nuevas y mutables. En algunas regiones se registra una gran disminución del número de religiosos, mientras que en otras el crecimiento es muy rápido. Estos y otros fenómenos nos exigen reaccionar con decisiones oportunas y adecuadas, que sean el resultado de un discernimiento preciso a la luz del carisma. Las estructuras provinciales y de otro tipo deben ser adaptadas a las condiciones del momento, para que puedan seguir promoviendo los valores esenciales de la Orden. El criterio fundamental no es mantener las presencias, sino proteger y revitalizar el patrimonio espiritual del Carmelo Teresiano. En muchos casos, será necesario y positivo reconfigurar las circunscripciones, modificar su estado jurídico o sus límites territoriales, y, en cualquier caso, enriquecer en todas partes la colaboración interprovincial, empezando por la formación y la promoción vocacional.

Provincias y territorialidad

En los últimos tiempos, va creciendo la presencia de comunidades y de religiosos de una provincia en el territorio de otra. Algunas provincias tienen comunidades en diversas regiones del mundo, en lugares muy lejanos entre sí. Se trata, para nosotros, de una práctica nueva, que ha sido tradicionalmente característica de congregaciones modernas de tipo apostólico y con una estructura centralizada. El inevitable discernimiento sobre esta realidad debe tener en cuenta, por una parte, la necesaria flexibilidad para favorecer la acción misionera y la ayuda entre las provincias, y por otra, la preservación de los aspectos esenciales de la vida de una provincia, que no debe perder cohesión, espíritu de familia, posibilidad de relación y colaboración entre sus miembros.

El sentido de pertenencia a la Orden

Todos juntos formamos la única familia del Carmelo Teresiano, articulada en provincias y comunidades. Es necesario alimentar el sentido de pertenencia a la Orden y favorecer una comunión profunda en su interior. Cada uno debe sentir como propias las experiencias y necesidades, las alegrías y los sufrimientos de los demás, y buscar contribuir con su compromiso de oración, fraternidad y servicio al bien de todos. Hay que potenciar la coordinación y la ayuda mutua a todos los niveles, promoviendo las iniciativas de colaboración interprovincial, la atención a las necesidades de la Orden, la confianza recíproca entre las diversas instancias de gobierno local, provincial y general, y, sobre todo, la disponibilidad de los religiosos a los servicios que sean requeridos para el bien de la Orden.