Seguir a Jesús es amar lo que Jesús amó...
En el seguimiento de Jesús, el entusiasmo es decisivo. La vida con Jesús no tiene capacidad para lo mediocre. Seguir sus huellas es poner el corazón donde Él lo puso con gozo y decisión. Y la pasión de Jesús fue su amor loco hasta el extremo por su Padre Dios y su amor sin medida por la causa del Reino, proyecto que el Padre le había confiado. Jesús vive con intensidad, con fuerza. Jesús vive tanto su llamada del Padre que gasta la vida en realizarla. Se deja poseer por el Espíritu que lo envuelve, lo llena, lo lleva hasta el final de su carrera: la Cruz. Es aquí donde Jesús pone el amén a su vocación. Es aquí donde Jesús muestra su amor sin límites a la voluntad del Padre. Es aquí donde la pasión de Jesús por la construcción del Reino, de la Nueva Humanidad, del hombre nuevo, alcanza su máxima expresión. Jesús da la vida y engendra vida.
Seguir a Jesús, por tanto, es amar lo que Jesús amó; es entrar en lo profundo de su sentir y de su hacer. Seguir a Jesús es tomar en serio, con pasión gozosa, a su Iglesia, fruto de su entrega. En ella Cristo ha puesto su confianza. En ella ha depositado el don de su Espíritu. En ella ha colocado a Pedro para que confirme en la fe a sus hermanos. En ella ha establecido su tienda, su casa, su morada entre los hombres. La Iglesia, pobre y rica en dones, pecadora y santa, fiel e infiel, llena de santos y de no santos ... es el gran regalo de Jesús a la historia. Y es preciso amarla así; acercarse a ella así; ver en ella algo más que una institución que a veces no nos gusta, y descubrir la presencia del Espíritu que salva.
Seguir a Jesús es ponerse en camino con la Iglesia, peregrina entre los pueblos. Seguir a Jesús es entrar en comunión con la Iglesia, con su jerarquía y con sus fieles. Seguir a Jesús es participar en la acción salvadora de la Iglesia a través del compromiso en sus ministerios.
Un hombre que busca; un hombre que quiere realizar un proyecto; un hombre que quiere hacer realidad una utopía, tiene que ser un hombre con pasión. Necesita sentir entrañablemente las cosas. Necesita dejarse tocar por los acontecimientos de la vida. Necesita vibrar, asombrarse, dolerse, entusiasmarse. Un hombre que siente la vida y la ama hasta hacerla compromiso es capaz de cambiar las cosas y hacer algo nuevo. Poner pasión, alma, vida, en lo que se hace, es entregarse a fondo a una causa, es pringarse y no tener miedo a mancharse, es mojarse hasta dejarse estremecer de frío. Sin sensibilidad, sin capacidad de vida es imposible seguir a Jesús.
El compromiso con la Iglesia lleva al hombre-creyente que sigue a Jesús a empeñarse en sus ministerios según los carismas propios de las diferentes congregaciones. Empeñarse en hacer presente en la historia la acción salvadora del Mesías, del Cristo, del Enviado por el Padre. Según el carisma propio el seguidor de Jesús continúa su acción a través de un ministerio profético, del anuncio de la Palabra. Por eso, es bello saber que, en nombre de Jesús, el religioso o sacerdote, sigue anunciando la Palabra, expulsando demonios, curando a los enfermos.
Y TÚ, ¿QUÉ PIENSAS?
Antes de morir la santa Madre Teresa de Jesús, exclamó: «Al fin muero hija de la Iglesia». ¿Qué te suscitan estas palabras?
Lee en la Biblia el texto de 1 Corintios 12, 22. Descubre en este texto el verdadero sentido de la Iglesia y cuál es tu responsabilidad personal para que formemos como quiere Jesús, una verdadera comunidad de hermanos.